En realidad es Gente que se fue y da título a una de sus varias obras literarias…
El lunes me sorprendí llorando la muerte del periodista David Gistau. Me pregunto por qué, lamentando como he lamentado antes otras muertes de personajes públicos, con ésta lloré. La última vez que me pasó fue con Amy Winehouse.
He llegado a la conclusión de que esas lágrimas por personas que no conozco son en parte fruto de la incomprensión ante la crueldad de la vida cuando nos arrebata a los grandes. Y en parte son lágrimas egoístas, de rabia e impotencia, por todo lo que no me darán ya: las canciones de Amy que ya nunca escucharé para desmelenar el alma, la prosa precisa de un cerebro brillante al que ya nunca leeré para explicarme el mundo…
En el caso de Gistau, al que tanto y tan justamente han alabado en la prensa sus colegas esta semana, se une la paradoja, la maldita paradoja que a veces hace pensar que hay alguien al otro lado riéndose mucho y muy alto de nosotros. El siguiente artículo, al que califican de “premonitorio”, fue publicado originalmente hace diez años por El Mundo, y es probablemente el más viral de todos por razones obvias cuando acabas de leerlo. Para colmo aborda un tema que me toca, y vaya si lo hace, en un ramalazo de intimidad honesta y auténtica. Como él y su cara de oso imponente pero entrañable, de marino grandullón, de tipo irrepetible. No voy a seguir, no quiero decir más. Léelo, si no lo has hecho ya.
